Alfonso Betancourt Castellar, 1924 – 2003.

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Revista Ciencias Biomédicas

Resumen

Aun para quienes como médicos cotidianamente nos toca enfrentarnos a la muerte, nada más doloroso que el referirnos a un ser querido que se nos adelantó al más allá. Dolor que me inspira a escribir estas líneas para recordar al amigo que me acompañó en esa lucha por hacernos unos profesionales destacados. Desde mi ingreso a la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena inicié una entrañable amistad con Alfonso, convirtiéndose en mi compañero de estudio, en esas largas trasnochadas, debajo de la luz titilante de unos bombillos opacos frente a la antigua Casa Nacional del Periodista, especialmente “quemando pestañas” en la lectura de los textos de anatomía de Testut y Latarjet, uno con un hueso en la mano y el otro leyendo. Éramos dos provincianos que, para aminorar la estrechez económica de la pobreza crónica que padecíamos los estudiantes de esa época, compartíamos un cigarrillo Pielroja, con el que mitigábamos esos agobiantes turnos como internos del antiguo Hospital Santa Clara, donde conocimos el dolor y la miseria del que sufre, cuando no se había perdido la relación médico-paciente, ni la fascinación por ejercer la medicina interna, y los enfermos nos interesaban como personas. Con la orientación de aquellos profesores clínicos, rectos y humanos adquirimos el temple para salir a enfrentarnos al ejercicio de la medicina sin mayores ayudas diagnósticas. A diferencia de ahora donde una generación de doctores actúa como robots y sólo hacen diagnósticos basados en imágenes radiológicas y ecográficas.

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